Había una señora que tenía un nieto. Este muchacho, viendo
la situación tan precaria en que se encontraban, le dijo un día a su abuelita:
—Abuelita, voy a ir a 'rodar tierras'. A ver qué hallo para
mejorar nuestra situación.
—Anda pues, hijo, que Dios te bendiga —le dijo ella. Y le
preparó todo para el viaje. El muchacho tomó su mochila, y se fue.
Caminando por la ribera de un río, encontró un aguilucho
enre¬dado en unos bejucos en un árbol alto. "Pobre animal —pensó— éste se
va a morir de hambre aquí". Se subió al árbol, y lo desenredó. El
aguilucho, que apenas andaba, le dijo al muchacho:
—Me salvaste la vida. Llévate esta pluma. Si en alguna
ocasión te soy útil, sólo dile: "Plumita, por la virtud que Dios te ha
dado, que venga el aguilucho". Y allí voy a estar yo.
—Gracias —le dijo, la metió en su cartera y siguió su
camino.
Después de mucho andar, llegó a las orillas del mar. Allí
encontró una ballena que se estaba muriendo porque estaba encallada en arena.
Entonces el muchacho, como pudo, le dio vuelta, y la ballena se sumergió en el
mar. El, al ver que la ballena estaba a salvo, siguió su camino por la playa
satisfecho de haber hecho una buena acción.
Más adelante, la ballena estaba esperándolo.
—Me salvaste la vida —le dijo—, y ahora quiero darte yo esta
espinita. Cuando tengas alguna necesidad, sólo di: "Espinita, por la
virtud que Dios te ha dado, que venga la ballena," y allí estaré yo.
Al igual que con el aguilucho, le agradeció el regalo y
metió la espinita en su cartera.
Al pasar por un pequeño monte, oyó que venía una jauría
siguiendo a una zorrita ... ya se la comían. Entonces pensó él: "A pobre
la matan", y se puso a ahuyentar a los perros.
Más adelante, encontró a la zorrita parada en una piedra.
—Ay niño, cuánto le agradezco que me haya salvado la vida:
le dijo. Si usted no se interpone, me matan esos animales. Pero aquí está este
'chumacito' de pelo. Si en alguna ocasión le soy útil sólo agarre el chumacito
y llámeme, que allí voy a estar yo para auxiliarlo.
—Gracias —le dijo y, aunque en realidad no creía en lo que
le decía, lo metió en su cartera, y
siguió su camino.
Después de mucho andar, llegó a un pueblo. Buscó trabajo por
todos lados, pero no podía encontrar. Al fin encontró uno, aunque no muy bueno.
Algo decepcionado de la vida, oyó decir que en otro pueblo
estaban con una gran novedad: que la hija del rey tenía un espejo mágico, que
no había quién se le pudiera esconder. Que ella lo hallaría; y hacía grandes
apuestas y a todos les ganaba. El rey había prometido que el que lograra
ganarle a su hija, se casaba con ella y obtenía el derecho a la mitad del
reino; pero si perdía, lo colgaban.
El pensó irse a meter también, y dijo: "O gane o
pierda, de una vez me hago rico, o aquí termina mi vida." Y se fue a
inscribir.
—Quiero probar suerte yo también —dijo. Lo inscribieron y lo
llevaron a la presencia de la princesa.
—Así que usted quiere competir conmigo —le dijo la princesa.
—Sí, quiero probar suerte —le dijo él.
—Ah ... , mire que es bastante difícil —le dijo la princesa
¿Dónde se va a ir a meter que no lo halle yo? Yo registro la tierra, registro
el aire y los mares. Así que no le queda dónde esconderse.
—Voy a probar —dijo él.
Entonces le dijo la princesa:
—Mañana a las ocho de la mañana usted puede irse a esconder.
Pasado mañana, yo lo voy a buscar, y al siguiente día usted se presenta aquí.
Yo le voy a decir a dónde se fue a esconder. Si adivino puede probar otras dos
veces.
—Está bien —le dijo, y firmaron el convenio.
Preocupado estaba el muchacho pensando en dónde podía irse
a esconder, cuando se acordó:
"Hombre!, si aquí tengo estas reliquias que me dieron los animales ... ,
voy a probar". Y se fue a la orilla del mar.
—Espinita, espinita, por la virtud que Dios te ha dado, que
la ballena —dijo.
Esperó un momento, y poco después se oyó un retumbo de
olas….
—¿ Y qué te pasa? —le dijo la ballena cuando llegó a la
orilla
El muchacho le contó el caso.
—Ahhh ... !, ve lo que fuiste a hacer —le dijo— Esta acción
es difícil., pero vamos a intentarlo. Yo conozco unos lugares muy lejos. Vamos
a intentarlo, ven —le dijo, se lo metió en la boca y se lo llevó.
La ballena navegó todo el día, hasta que llegó al centro del
mar.
—Bueno —le 'dijo—, aquí nos vamos a quedar. Sólo saca la
nariz para respirar. Y se pusieron a platicar.
Cuando pasó el tiempo, le dijo la ballena:
—Vamos a ver, tal vez que no te haya visto ... Se lo volvió
a ' y emprendió el camino de regreso.
A todo esto, el día en que le tocaba buscar a la princesa,
se llenó de gente el palacio ... Y empezó ella con el espejito a ver: toda la
tierra y no lo pudo ver; registró todo el aire, y tampoco….
—¿Qué pasa ... —decía—, será capaz que no lo voy a poder
encontrar? Voy con el mar. ..
y empezó a buscar en el mar. Lo buscaba por todos los
rincones y no lo podía encontrar. Y otra vez con la tierra ... Otra vez con el
aire ... , y ya se estaba desesperando. En eso vio una manchita en el espejo, y
'trajo' la imagen.
—Esto aquí debe ser —dijo; y la amplió bastante.
—Vengan a ver —les dijo a todos— Miren cómo ha hecho este
para esconderse ... Aquí sólo la nariz se le mira. Está en la boca de una
ballena. Éste es.
Todos aplaudieron, extrañados de cómo el muchacho había
hecho eso.
Cuando llegó el muchacho, la princesa primero lo felicitó,
después le dijo:
—Mire, usted estaba metido en la boca de una ballena y nariz
tenía de fuera. Aquí está su imagen —y le mostró su imagen en el espejo.
—Es cierto —dijo. No lo pudo negar.
—Ahora vamos con la de mañana. Mañana se va otra vez, y
pasado vuelve a venir aquí.
—Ah —dijo él—, esto va a estar enredado; pero vamos a
intentar.
Se acordó del aguilucho: "Este me puede llevar cerca
del sol, y tal vez allí el espejo no me ve". Tomó la pluma, se fue al
bosque y llamó al aguilucho:
—Plumita, por la virtud que Dios te ha dado, que venga el
aguilucho —y llegó el aguilucho.
—¿Qué pasa? —le dijo.
El muchacho le contó el caso, y la hazaña con la ballena.
—Ah ... , difícil —le dijo— Pero Pero bien, vamos a
intentarlo. Nos a ir cerca del sol, y ojalá la luz nos cubra algo.
El muchacho se montó en el aguilucho y el aguilucho alzó ell
vuelo. Cuando llegó cerca del sol, se estacionó.
En el palacio, la princesa empezó a buscar. 'Buscó primero
en el mar:
—Tal vez la ballena se lo tragó otra vez. Pero el mar estaba
claro, no había ninguna señal.
Buscaba en la tierra, en el aire, y nada ... Al fin, una
manchita otra vez, pero muy cerca del sol. Los rayos del sol no la dejaban ver
bien, pero trajo la imagen hasta que la aclaró bien.
—Vengan a ver dónde está —dijo— Cerca del sol, metido en las
alas de un aguilucho ... increíble!, con éste sí está difícil la cosa.
Al otro día que él se presentó, la princesa lo volvió a
felicitar, y le dijo:
—Bueno, ¿y cómo tiene conexión con esos animales ... ?
Primero con la ballena, y ahora con el aguilucho. Mire, usted estaba en las
alas de un aguilucho; aquí está la imagen todavía —le dijo, y le mostró la
imagen que aún quedaba en el espejo.
—Sí, es cierto —dijo.
—¿ Y ahora? —le preguntó la princesa.
—Vamos a ver qué puedo hacer —le dijo él. Y salió del
palacio. En su camino, toda le gente le aplaudía, y se preguntaba qué iba a
pasar el siguiente día.
El muchacho se fue al bosque, y tomando el mechoncito de
pelo que le había dado la zorrita, la llamó:
—Zorrita, zorrita, ven en mi auxilio.
Cuando llegó la zorrita,
—¿Qué pasa? —le dijo.
El muchacho le contó el caso; le contó de la ballena y del
aguilu¬cho, y cómo todo había sido inútil.
—Mire —le dijo la zorrita, yo sé que la princesa lo registra
todo, todo ... , pero hay un punto que no registra ...
—¿y cuál es?
—Bajo la mesa, donde está el espejo. Es el único punto en la
tie¬rra que se le ha ido en blanco, allí no registra. —Ahora yo —le dice la
zorrita—, soy la reina de aquí de los bosques. y están bajo mi mando todos los
animales. Los voy a llamar ahora, en la noche vamos a hacer un túnel, a salir
bajo la mesa.
—¿y para medir? —le preguntó el muchacho.
—Hay culebras ... , dos culebrazos de aquí para allá ... , y
le vamos" a dar algo cerca.
y la zorrita llamó a todos los animales del bosque: llegaron
topos, tepezcuintles, armadillos ... , y les contó el problema .
—Manos a la obra —dijeron los animales.
—Mida —le dijeron a la culebra.
—Tantos culebrazos —dijo ella.
y empezaron los animales a escarbar; unos• acarreando tierr
otros escarbando. Sabían —como les había dicho la zorrita—, que es tenía que
estar antes de las ocho de la mañana, para que el muchacho a esa hora ya
estuviera bajo la mesa, y la princesa no notara ningún movimiento extraño.
Cuando eran como las seis de la mañana, ya habían roto la
tierra y metieron al muchacho, pero antes de que se fuera, le dijo la zorrita:
—Mañana nos vemos, a ver qué ha sucedido; pero antes de todo
se me olvidaba—, ¿tienen ustedes un contrato firmado ... ?
—Sí —le dijo él.
—Mire, cuando usted oiga el ruido del espejo, porque
posiblemente ella se va a enfurecer y va a romper el espejo usted tira la me se
apodera de los documentos para que no los vaya a romper.
—Muy bien —le dijo él.
—Ah ... , Y no vaya a respirar muy duro —le recomendó
finalmente la zorrita.
El muchacho se internó en el túnel. A medida que avanzaba
animales iban rellenando el túnel, de manera que no quedara señal en el
exterior que lo pudiera delatar.
El muchacho se acomodó bien bajo la mesa. El les oía toda
bulla cuando estaban registrando la tierra. Había gran expectación porque todos
sabían que era la última oportunidad.
La princesa registraba la tierra ... Todo limpio, no le
salía ni una manchita.
—Ahora vamos con el mar ... —decía, pero tampoco encontraba
nada.
—¡El aguilucho! —exclamó, cuando vio a este animal volando
cerca del sol. Pero no vio al muchacho.
Y va de registrar: registraba el mar, registraba la tierra,
registraba el aire....
—Pero qué pasa ... , y qué pasa, y qué pasa —se le oía
decir.
Y toda la gente a la expectativa. No era posible, decían,
que no lo encontrara la princesa, porque aun si estaba enterrado, siempre lo
encontraba.
Cuando ya se iba a poner el sol, la princesa se enfadó y
tiró el espejo.
Al tirar el espejo, que se hizo astillas, la mesa dio vuelta
y salió el muchacho corriendo a apoderarse del convenio. Y fue un gran susto el
de ella.
—¡Tan cerquita que lo tenía y no lo pude hallar! —dijo, y
salió, corriendo, avergonzada.
Entonces, todos aclamaron
al muchacho y lo llevaron en hombros por el pueblo.
Y así, no hubo escapatoria para la princesa. Tuvo que
casarse con él, y el rey cumplió su palabra de darle la mitad del reino. El
muchacho mandó a traer a su abuelita, y vivieron felices para siempre.