El General Barba Azul o la
Calandria
Versión oral de
un relato de Asunción Mita, Jutiapa.
Narrado por Berfidio Efraín Polanco Rodríguez
Transcrito por Rosa de Hernández
Había un
muchacho que todas las tardes iba
a la playa; vivía así cerquita del mar, vivía con
su abuelita, y era bueno para
tocar mandolina; y todas las tardes iba
a tocar ahí. De repente, llegó una embarcación, una
lanchita, y de ella salió un
señor que le dijo:
—Joven,
¿quiere ganarse unos centavos?
— ¡Cómo no! Si
por eso vengo aquí, porque hay muchos que
vienen para que les toque y me dan mis centavos, y de eso vivo yo.
— Pero mire—le dijo el señor—yo lo voy
a llevar a aquella isla que se mira allá entre el mar.
Ahí hay una muchacha,
una calandria. Usted tocaría para
esa
calandria; cuando entre la noche, yo lo vengo a dejar.
—Está bien—contestó el muchacho.
Entonces, se lo llevó a un
lugar donde estaba una calandria metida en
una jaula; y empezó
aquél a tocar, y la calandria saltaba de un lado a otro porque
le gustaba. Y cuando
entraba la noche, él
(el muchacho) oía un ruido como que
alguien se
cambiaba. Se extrañaba porque llegaba una
muchacha.
Era la calandria la que se
convertía en muchacha para oír las notas de la mandolina
que él tocaba.
Y en la noche, el señor de
la embarcación le pagaba y lo
mandaba a dejar. El muchacho estaba maravillado.
Así pasaron varios días y varias noches.
El muchacho mientras pensaba:
—Yo
quisiera conocer a esta muchacha. ¿De dónde llega?
¿Cómo es? ¿Será la calandria
la que se convierte en muchacha?
Y así le cupo malicia. Se metió una
candela en la bolsa y una caja de fósforos.
—La voy a alumbrar cuando está
acostada—pensó.
Porque la muchacha se acostaba y se
dormía. Cuando ella se dormía, a él lo iban a
dejar de regreso.
Esa muchacha era hija de un general, del
General Barba Azul, y la tenían
ahí. La
convertían en calandria y ella fácilmente se
convertía otra vez en princesa.
Esto lo hacían huyendo
que se casara con los novios que tenía
porque no les convenía.
El muchacho, con la candela y los
fósforos metidos en la bolsa, comenzó
a
tocar y a tocar. Cuando sintió que
la
muchacha se había acostado, y la
oyó
roncar porque estaba dormida, pensó:
—Ah,
hoy es cuándo.
Encendió la candela y empezó a alumbrar.
¡Linda la patoja! Nunca antes
él había visto muchacha tan
encantadora.
Por estarla observando, se olvidó de todo
y a la muchacha le cayó una gota de estearina en la cara.
Grande fue el susto de ella, y le
dijo:
—¡Ay, muchacho, ya me perdiste! ¡Tan
bien que yo estaba! ¿Quién te dijo que hicieras eso?
—Perdone —dijo el muchacho. Ya
no lo vuelvo a hacer. Yo solo
quería conocerla.
—No—dijo la muchacha. Hoy me
perdiste para siempre.
—Pero mire que yo la quiero. Yo
quisiera estar siempre a su servicio—dijo
el muchacho.
El muchacho la rogó y la rogó.
—No—dijo ella —Hoy
mismo me llevan de
regreso. Pero bien, búscame. A
mí
también me gustan tus notas.
Búscame en la Ciudad
Celeste. Ahí
me vas a encontrar. Invócame
siempre y
yo te voy a auxiliar.
El muchacho estaba desesperado. Lo
fueron a dejar a la orilla del mar y ya no lo volvieron a llevar a la isla. Como el muchacho ya tenía un buen
capital
de todo lo que le habían dado, se
lo
dejó a la mamá y le dijo que él iba a ir a buscar esa Ciudad Celeste.
—¿Y dónde la vas a encontrar? —le dijo
la mamá
—Ah, yo tengo que encontrarla— dijo él.
—Porque estoy encantado de esa
muchacha.
El muchacho entonces se fue, agarró
camino. Dejó su mandolina. Y en el camino invocaba
a la muchacha.
Allá, después de mucho caminar,
encontró a
unos dos muchachos que estaban peleando por una gorra.
—Mira, mira— dijo uno de ellos. —Allá
viene uno. Que ése sea nuestro
juez. Qué
él decida si a vos te
toca
la gorra y a mí me
toca
la polaina
Porque habían dos
prendas. Una polaina que al ponérsela volaba como si fuera un
avión, y la gorra
que hacía invisible al que se la ponía. Y estaban los dos muchachos peleando
porque uno quería las dos cosas y el
otro decía que se las repartieran pero no hallaban cómo hacer,
porque no podían decidir cuál de las dos prendas
tenía más valor.
— ¿Qué les pasa muchachos?— preguntó el que llegaba.
—Pues mire— le
respondieron. — Usted ha venido a salvarnos. Hemos dispuesto
que usted sea nuestro juez.
— Esta
polaina—añadió uno de ellos—si me la
pongo, vuela y vuela y me lleva a donde
yo quiera, y esta gorra, si me la pongo, me hace invisible. Queremos que usted nos dé una prenda a
cada
uno. Lo que usted nos dé, eso
tendremos.
El muchacho dijo:
—Pero ¿cómo hago?
¿Cómo sé cuál de las dos prendas es
más
valiosa? Si le doy a usted la gorra, usted va a querer la polaina, y si
le doy
la polaina, usted va a querer la gorra. —Miren, vamos a hacer una cosa. Allá
en aquel cerco se ve una flor amarilla.
Vayan corriendo los dos. El que me
traiga primero la flor amarilla agarra la polaina y el que se quede
más atrás
agarra la gorra, porque no se pueden dar las dos prendas a la misma
persona.
— ¡Muy bien! — dijeron los
dos, contentos.
— ¡A la una, a las dos, y
a las tres! —dijo el muchacho.
Y rrrooonn, salieron los otros
dos muchachos en carrera.
En lo que aquéllos se iban en carrera,
el muchacho se puso la gorra y la polaina. Y
se hizo invisible.
—Polaina—dijo—llévame a la Ciudad
Celeste, donde está mi amada.
Y la polaina se levantó y
echó a volar.
Mientras, aquellos otros corrieron y
uno de ellos agarró primero la flor.
Cuando llegaron de regreso al
lugar se dijeron uno al otro:
—¡Mirá, desgraciado!
¡Aquél se llevó las dos
prendas! ¡Pero vos
tuviste la culpa!
Entonces se agarraron a moquetes,
se sangraron mucho, cayeron los dos
desmayados y el sol los mató a los
dos.
Y aquél llegó a la Ciudad Celeste.
Cuando llegó a la Ciudad Celeste pensó:
—Aquí debe estar mi Calandria.
Y empezó a mirar y a mirar y entonces
vio a la muchacha todavía con la vejiguita,
con la manchita donde le había
caído la estearina.
—Ay, mi Calandria, le dijo
— ¡Qué bien que
estés aquí!
—¿Cómo viniste aquí?
¿Cómo
hiciste?—preguntó ella
Y él le contó la historia.
—Mira—le dijo ella. — ¿Cómo
hacemos para
presentarte a mi papá que es tan delicado? No te va a querer
aceptar.
—Ah, dijo él. Vamos a ver cómo hacemos.
Entonces, cuando salió el papá, él se
puso la gorra.
—Papá—dijo la muchacha —Aquí le
voy a
presentar a un muchacho que me auxilió.
Es un buen músico, toca muy bien.
Pero
el papá no lo vio.
—No sé qué se hizo— dijo la muchacha.
El muchacho se quitó la gorra y ya lo vio
ella.
—Aquí está, mire—dijo la muchacha.
—
¿Qué
pasa? —dijo el papá. Como que se hace invisible.
—Pues tengo ese encanto—contestó el
muchacho.
Y se volvió a poner la gorra y se volvió a
hacer invisible. Eso encantó al señor.
—Ay, si me das la gorra—dijo—te acepto
como novio aquí. Serás un huésped, serás un
miembro de la familia. Has traído
estas dos maravillas.
—Con esta otra puedo volar lejos —dijo
el muchacho.
—
¿Y
yo
también?—preguntó el papá.
—También usted puede volar, si yo se la doy
puede volar al lugar donde quiera—contestó
el muchacho.
Entonces, el papá lo aceptó como huésped.
Se encantó él de ver cómo aquel hombre
había llevado esas dos maravillas, y cómo
las había conseguido.
Así fue que vivieron felices
para siempre.